jueves, 7 de enero de 2010

HUMO...



En enero de 2006 entró en vigor la Ley Antitabaco, ley que pretendió dar un primer aviso a los fumadores para que dejaran el pernicioso vicio de fumar. La entonces ministra Trinidad Jiménez informó, por si alguien no lo sabía, que en España pasaban a mejor vida unos 50.000 fumadores a causa del tabaco. Así que los que estaban a cargo de empresas y locales de ocio, recibieron normas: sólo se permitiría fumar en lugares de ocio y esparcimiento siempre que acotaran un espacio para los proscritos, y aun allí, no podrían entrar jóvenes menores de 16 años. Así que los mayores, en celebraciones fuera de casa, tendrían que optar por fumar, o cenar. En cuanto a los trabajadores en centros públicos o privados, tendrán la opción de salir a la calle a “echar dos caladas” si a bien lo tiene el jefe.
Ahora bien, el Ministerio de Salud Pública se cubrió las espaldas al advertir que “los fumadores que quieran dejar este hábito, contarán con la ayuda de los médicos de familia de los Centros de Salud, pero los parches, chicles u otros productos similares no estarán financiados por el Sistema Nacional de Salud”. Y a los médicos de familia, se les pusieron los ojos como platos.
Pues en esas estábamos cuando tomé la pluma y escribí, entre bromas, remembranzas y veras, lo que sigue:


“Estoy dándole vueltas a esto del tabaco, ya saben, la ley que prohíbe fumar en todo el universo mundo. Y me alegra, no saben ustedes cuanto, comprobar que los gerentes que nos gobiernan se preocupen de mi salud de manera tan drástica y firme. Hala, se acabó el fumar en todos aquellos lugares en los que se pueda prohibir, es decir, todos los espacios oficiales, léase ministerios, centros docentes sin excepción, ayuntamientos, oficinas de la clase que sean, bares y restaurantes redimidos, y no mencionamos iglesias, catedrales, conventos etc. no sé por qué, dado el consumo de incienso, velas y palmatorias que el culto exige. ¿O es que no es humo lo que echan? ¿O es que el bendito no perjudica a los pulmones? Se les ha debido pasar por alto a los legisladores. Estos santos señores eclesiásticos no sé cómo se las arreglan, pero siempre acaban escapándose… ¡Lo que es tener a Dios de su parte…!
Pues bien, con todas estas medidas - pienso complacida - evitaremos que la población, insensata, muera de cáncer y, de paso, reduciremos gastos hospitalarios que, oigan, suponen un buen pastón. Ya nadie osará enrarecer el ambiente y cuando al empedernido fumador le atrape la histeria por culpa del maldito síndrome de abstinencia, se le permitirá generosamente salir a la calle durante unos breves minutos a echar un par de caladas y, de paso, recibir una buena bocanada de aire puro y fresco que le reconforte.
Puro y fresco… puro y fresco si no fuera porque a pie de acera una legión de coches, autobuses, camiones y furgonetas expulsan verdaderas ráfagas de monóxido de carbono… si no fuera porque los aparatos de las calefacciones y aires acondicionados atufan el ambiente… si no fuera porque las miles de fábricas, incluso monstruos nucleares, están atascando el cielo, antes azul…Si no fuera…Porque no creo que el efecto invernadero haya sido producido por el humo de los cigarrillos que fumó parece que abundantemente Hunfrey Bogart.
Y hablando de Bogart… Pese a mi airada perorata, les aseguro que no era mi intención el abrir esta chamuscada caja de Pandora en donde se esconden, también, toda clase de hipocresías. Yo venía con la idea de levantar el velo de mi melancolía y preguntarme en voz alta qué hubiese sido del cine primigenio sin aquellas buenas escenas en blanco y negro en donde el humo ponía una bellísima cortina gris que daba al ambiente una carga de misterio, misterio que trascendía a la pantalla llegando hasta el patio de butacas, aquel lugar en donde se “fraguaban los sueños”. Hunfrey Bogard andaba de acá para allá envuelto en su aureola de humo, con un vaso de wishky en la mano que solía beber de un trago, es decir, ¡a lo macho! Y tras él, una Lauren Bacal enfundada en un impecable traje de chaqueta gris, fumaba también uno de aquellos cigarrillos rubios, las más de las veces al final de una boquilla de marfil labrado. Sin toda esa parafernalia, ¿creen ustedes que fuera creíble el que la Flaca hubiese caído rendida a los pies del escuchimizado Bogard? ¿Hubiese la Hayworth seducido a los hombres de la misma manera sin humo? O la Ava Gardner, o la Verónica Lake…
Y regresando al plano nacional: sin la pipa, ¿qué hubiera sido de Balbín y su Clave?, que a buen seguro recuerda la inmensa mayoría de jubilados que aún permanecen en el censo. Se nos hubiese escapado por desgracia aquel ambiente mágico de los debates calientes al filo de la madrugada…Y qué me dicen de Garci, y del incombustible Carrillo – que no la palma de un cáncer de pulmón porque Dios no quiere – y de Hitchkoc y de, al fin, todos esos que salen a la puerta a darle dos buenas caladas a un pitillo exento ya de misterio. Hubiese sido todo tan diferente… ¿En dónde irá a esconderse la magia hoy en día? ¿Y cuál será su morada, vive Dios?
Aunque, a decir verdad, presumo que en esto del fumar o no fumar, la sangre no va a llegar al río. Ustedes también lo han podido percibir, ¿no? Porque han florecido como hongos en otoño lluvioso los carteles en restaurantes y bares que dicen: “aquí se permite fumar”. Y en esos permisivos lugares van entrando avalanchas de fumadores exentos ya de remordimiento porque los demás, los que se quejaban del humo, tienen la posibilidad de escoger al fin un local limpio de impurezas. Aunque encontrarlo, amigos, me temo que les va a costar un triunfo.
Pero a mí me gustó sobremanera el talante conciliador y democrático con que aceptó la ley el dueño de un bar de la periferia en donde entré para calmar mi ansia de café en una media tarde anodina, y lo quiero poner como ejemplo. Aquel hombre había puesto un letrero bien visible en donde volcó su sabia filosofía digna de un Sócrates o más bien de un Salomón. Decía así: “AQUÍ SE PUEDE FUMAR, PERO NO ES OBLIGATORIO

No hay comentarios:

Publicar un comentario