
El año está empedrado de tradiciones, y con ellas andamos atravesando la vida…
¿Es una necesidad del hombre ésta de festejar, o tal vez un deseo de darle sentido a esta pequeña rueda que es el año y que, multiplicado por equis, conforma nuestra existencia?
Las tradiciones son como unos peldaños del pasado y que nos sostienen cuando vamos hacia el futuro; son las asas de la memoria que nos mantienen sujetos a lo que sentimos que nos es propio. Seguro que, en algún tramo del camino, nos resultan útiles.
Cercana está LA CANDELARIA, que es uno de esos escalones que nos recuerdan nuestra casa de la niñez con el conocido perfil de la familia. Y que dejados atrás los fastos de la Navidad, nos sugiere también el tiempo de silencio que suponen los oscuros fríos del invierno.
Para el mundo cristiano es la Epifanía, que en griego quiere decir manifestación, revelación, y al fin la luz de su Dios que ha de llegar a todos los pueblos. Para los paganos era también la celebración de la luz, pero aquella que aumentaba de día en día tras el solsticio de invierno, la noche más larga. Indicio del buen tiempo; van ya a brotar las plantas.
La tradición mediterránea manda encender una candela tras ser bendecida y ella, en días de tormenta, salvará la casa del rayo destructor.
Noches de luces y de antorchas…
“Por la Candelaria, el invierno se apacigua o retoma rabia”
Por estas fechas, los griegos procedían a la apertura de las jarras en las que el vino nuevo ya había fermentado… Festivales y ritos en honor a los muertos...
Épocas de siembra, de fecundidad, de reflexión y aprendizaje. Y al fin, la “Stultorum festa” o de los locos, el Carnaval cristiano…
Tradiciones, asas de la memoria…
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