martes, 1 de diciembre de 2009

MEDITABA DIOS...


ANOCHE SOÑÉ QUE…
… MEDITABA DIOS, cejijunto y cariacontecido, observando el Mundo que con tanto esmero había construido tiempo atrás, cuando vio pasar al Santo Job que con no mejor cara iba a la suya. Dios, con un gesto de su santa mano, le dijo que se acercara.
- Job, Job… ¿acaso te queda algo de tu paciencia?
- Apenas un solaje, Señor…
- Ya… ¿Nada aprovechable?
- Me temo que no, Señor. Siendo solaje, más bien le alteraría los nervios.
- Al menos –replicó el Creador de cielos y tierras – al menos siéntate un rato conmigo. Ando un poco turbado.
Y ambos permanecieron allí, en el espacio etéreo, sentados, contemplando el devenir de la historia. Mas viendo Job que el Señor suspiraba con frecuencia viendo las “hazañas” de sus criaturas, le sugirió que no se lo tomara tan a pecho.
- ¿Qué no? ¿Pero no has visto cómo se comportan los muy hijos de
puta?
- Moderación, Señor…
- No te preocupes, Job. Esos tampoco respetan a su madre. Mira
cómo matan, violan, roban, atropellan, todo por el poder y el
dinero. ¡Vaya manada! Nadie respeta los Mandamientos que un
buen día entregué a Moisés. ¿Y de qué me sirvió, si hasta los que
dicen ser mis seguidores los violan?
Luego, Dios, guardó silencio durante un buen rato. Cansado como estaba del comportamiento de su “colla”, se quedó transpuesto y así, sin darse cuenta se le fue, cómo no, el santo al cielo. Pero Job no se movió; intuía que el Gran Hacedor necesitaba en aquellos momentos buena compañía. Al volver en sí, continuó su conversación con el Santo Job que aún esperaba allí, impasible, paciente, tal vez por deformación profesional.
-Estaba yo pensando –continuó Dios- en que sería bueno que les
enviara un buen castigo a ver si escarmientan estos cabritos. ¿A ti
qué te parece?
-En cuestión de castigos, tiéntese bien, Santidad…
-¿Qué me has llamado? Ojo, Patriarca, que yo no pertenezco a esa
tribu.
- No pierda la paciencia, Señor, que no tenemos ya repuestos. Decía yo que se andara con cuidado con los castigos porque los que ya les dio en su día no fueron muy eficaces…
- No me lo recuerdes, amigo, no me lo recuerdes. Lo del diluvio fue una solemne cagada. Ni universal, ni castigo, ni nada. Para postres, menuda gente se metió el bueno de Noé en el arca; como para guardar la simiente.
- Tampoco lo de Sodoma y Gomorra tuvo mucho éxito. Y lo de Babel, ya ves… Menudo chollo para los profesores de idiomas.
- Eran otros tiempos – replicó Dios con nostalgia.
- No es por criticar, Señor; pero yo creo que algo debió de fallar
desde el principio con lo de las criaturas. Alguna tuerca del cerebro,
qué sé yo… Porque lo del diseño inteligente ese…
- Y no caigo yo tampoco en qué pude equivocarme tanto, vive Dios…
- En cualquier caso –replicó el Patriarca- ya no tiene remedio. A no ser que haga desaparecer a toda esta humanidad, que les mande a tomar “polsaco”, quiero decir.
- Es que me dan pena, Job, fíjate tú. En el fondo, no soy más que un padrazo…
- Pues cíñase al castigo.
- Sí, pero ¿cuál?
- Algo que les afecte mucho.
- ¿Cómo qué?
- Quíteles aquello que ellos valoren mucho
Sentados en sus sillones etéreos, se echaron a pensar. No daban con el castigo que pudieran inflingir a los estúpidos moradores de la Tierra que tantas tropelías estaban cometiendo, incluso con el medio ambiente que tan ordenado y duradero les había sido donado. Porque según Dios, hasta el Espíritu Santo había tirado la toalla y por eso les había retirado la inspiración. Y justo por eso andaban tan escasos de recursos imaginativos ante las crisis y era de ver el lenguaje tan romo, pobre y hasta innecesariamente agresivo que se usaba en el Parlamento, donde antaño florecía la retórica y un discurso que daba gloria. Hasta los chavales tenían dificultades de expresión, con tanto usar móviles y aparatos modernos que, según dicen, exigen un lenguaje muy concreto.
De repente pasaron por allí los tres arcángeles (Rafael, Gabriel y Miguel) con gran revoloteo de alas, y viendo a Dios por allí sentado, le hicieron la reverencia reglamentaria y pidieron permiso para sentarse un rato, descansar y plantearle al Señor un problemilla que les tenía inquietos:
-Señor –comenzó Gabriel- el personal de pluma, o mejor de alas, porque los de pluma no salen de Chueca ni para ir al Edén, tenemos una queja que expresar al Comité Celestial, y es que las comunidades de La Tierra últimamente están abusando de los aparatos llamados informáticos que funcionan, parece ser, por medio de ondas y tienen el éter perdido de e.mails, chats, blogs, ensayos, películas you tubes…
- ¿Y todo eso dices que ensucia?
- ¡Que si ensucian! –respondió Rafael- No te dejan transitar, tropiezas con todo eso porque no existen controladores aéreos y hoy en día todo Dios… perdón, Señor, es el lenguaje de los de abajo, digo que todo humano está muchas horas metido en esas corrientes charlando sin parar.
- ¿Y tanto molestan? –quiso saber el Sumo Hacedor- Porque si es así…
- Y aún más –intervino Miguel, que deseaba rematar la exposición- porque existen unos elementos que están hechos ex profeso para destruir todo ese tinglado. Se llaman virus y los hay de muchas formas. Y son peligrosos, porque si te alcanza un “troyano” de esos, te deja el ala jodida para media eternidad.
Y el Señor se recostó en su sillón llevándose una mano a la sien, como si deseara concebir una gran idea. Job y los tres del ala esperaron a que el Creador tornara en sí, y lo hizo con cierta alegría en el rostro. Se incorporó y dijo:
- ¿No queríamos, paciente Job, castigar a los desgraciados esos que
han hecho de mi creación un auténtico infierno? Pues ahí tenemos la
ocasión. Cortémosles el fluido y que se queden sin poder
comunicarse a través del éter. ¡Les jodemos el internet! Y de paso
hacemos un favor a nuestros tres muchachos.
Los cuatro celestiales se quedaron mirando al Señor. Parecía una buena idea, como nacida del Espíritu Santo.
- Ahora sólo falta saber cómo se desenchufa eso.
Los cuatro escuchadores seguían sin reaccionar. A Dios le parecía todo muy fácil, pero internet no era una plancha.
- Es que, Señor, la cosa no es tan simple. Para desmontar todo ese tinglado necesitamos como mínimo un técnico…
- ¿Y no hay ninguno en el cielo?
- De esos, aún no. Tenga en cuenta que la tecnología es muy reciente…
- Podemos ver si hay algún técnico bueno a punto de cascar…
- Es que… el idóneo es uno que se llama Bill Gates, pero aún es joven, Señor…
- ¿Cómo de joven? –preguntó Dios con impaciencia.
- Pues debe tener unos… cincuenta y pico años…
- ¿Cincuenta y pico? ¿Y a eso llamáis joven? Pues Jesús con 33…
- Señor, que son otros tiempos… -terció Job –ahora se mueren a más edad.
- Se me están escapando un montón de detalles, la edad no perdona, coño -dijo Dios algo cabreado –Pues sabéis que os digo, que ESPERAMOS, ¡vaya si esperamos! Total no tenemos otra cosa que hacer…

Y en el cielo están esperando a Bill Gates como agua de mayo, y cuando eso suceda, VA A HABER UN APAGÓN ANALÓGICO DE COJONES. No va a quedar bombilla sana y Dios quiera que no tengamos que vérnoslas con el hombre de Neandertal para que nos enseñe a sobrevivir.
Y por si acaso, yo me pido El Vaticano como cueva…

En eso me desperté y recordé con disgusto que, puñetas, ¡si yo soy atea!

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