lunes, 14 de diciembre de 2009

EL ARTE DE INTERPRETAR LAS LEYES





Esto sucedió hace ya un tiempo; pero aun no siendo demasiado relevante el hecho al que me voy a referir, confieso que se me quedó en la sien golpeándome como una mala experiencia. Tal vez sea porque no me dejó la conciencia tranquila. Debí denunciar el hecho, defender a las mujeres del cuarteto, gritar al menos, qué sé yo, caramba, qué sé yo… Pero no hice nada.
Para ser exactos en el tiempo en que este hecho sucedió, diré que se escuchaba el clamor de los altavoces que anunciaban unas elecciones municipales; esas fueron las fechas, y ese era el momento en que subía yo por la calle que, en el pueblo donde vivo, va a dar a la plaza de las Flores, antesala del Mercado Central. Entonces fue cuando oí una música sorprendentemente bella que venía de algún lugar cercano. Violines… chelos... ¿Dvorak? Me puse a buscar, escrutando los espacios posibles, hasta que encontré su procedencia: un cuarteto de cuerda – solo mujeres – se había colocado en la discreta rinconada de una acera sin interceptar el paso o causar molestia alguna, y deseo resaltar estos detalles por reforzar lo que luego sucedió. Con sus atriles y sus bonitos instrumentos, me pareció aquella una escena muy singular; si he de decir verdad poco frecuente por estos lares y, sin embargo, muy corriente en todas las ciudades de la vieja Europa. “Debe de ser cosa del Ayuntamiento por lo de las elecciones, ¡que buena idea¡” ─ pensé.
Las gentes, sorprendidas, se paraban a escuchar y me pareció que a mi ciudad le crecía un inusual aire distinguido, casi señorial. La brisa traía, con las notas de los violines y chelos, un cierto aroma a maderas nobles, aquellas que se usaron antaño para hacer elegantes muebles burgueses con vocación de prevalecer. Cosas así – me dije─ son las que me gusta descubrir una mañana en medio del sempiterno aburrimiento cotidiano. Me daba la sensación de estar en una ciudad con prestancia, sensible a cuestiones poco que ver con el reciente euro, o el dólar… ya saben. Iba yo, pues, entusiasmada por la plaza de las Flores escuchando aquella melodía y disfrutando de la hermosa escena sin aún dar crédito a tan agradable momento. Cuando, ¡ay Dios! aparecieron, de lo profundo de un estrecho callejón, dos guardias que se acercaban cachazudamente con visibles intenciones de hacer valer alguna implacable ley. Y así fue. Y en nombre de ella, pidieron con cierta arrogancia a aquellas jóvenes, que desalojaran la acera. Nos quedamos perplejos todos los que allí éramos, mirando sin entender; y aún menos pudieron comprender las concertistas que no adivinaban por qué no les estaba permitido interpreta ¡simplemente interpretar! la música que un hombre genial había compuesto siglos atrás para disfrute de la humanidad. Pero los policías alegaban que ellos eran unos “mandaos” y que las órdenes venían “desde arriba”. ¿Qué ordenes, pardiez? “Pues que no se puede hacer ruido en la calle”. A los agentes, según expresaron sin pizca de rubor, lo mismo les daba la trompeta y la cabra que un exquisito concierto de cuerda: las normas eran las normas. Y en esto basaban sus razones, y por eso las virtuosas rusas plegaron sus atriles, metieron sus bonitos instrumentos en las fundas y nos dejaron huérfanos de tan brillante y hermoso concierto. Se apagó la plaza, volvió el vocerío y unos coches con altavoces estridentes que nos incitaban con insistencia a votar, inundaron el espacio que pocos minutos antes fuera de los violines! ¿Permitida,entonces, esa algarabía? Y los que allí veíamos perpetrar tal despropósito nos preguntamos si eran malas las leyes o lo erróneo de ellas fuera tomarlas en sentido inflexiblemente literal, lo que resultó ser una especie de atropello según mi subjetiva vara de medir. Me dio un escalofrío, lo confieso, cuando intuí el peligro que corríamos al poner las leyes, o simplemente las normas, en manos de quienes no son capaces de distinguir entre churras y merinas o, lo que es peor, confunden el sonido, la melodía, con el maldito ruido ensordecedor. Y el caso es que, en según que circunstancias, esa roma interpretación puede ser legal, y esto ya me parece muy grave, realmente peligroso. Semejantes situaciones nos hacen tremendamente vulnerables, créanme, y nos acercan con pavor al Joseph K que sufrió aquel famoso Proceso.
Entonces, lo recuerdo, me sentí iracunda y me inundó la vergüenza. Hoy, recordando, ya solo siento una desconfianza en las leyes, lo que me pone en el lado más triste de la balanza.
Interpretar las leyes es, además de un arte, una cuestión de sensibilidad. Y de sentido común, señores, y de sentido común. Habría que examinar de esa asignatura a quienes se les entrega el frágil instrumento de nuestra legislación, si no queremos que las utilicen no como instrumento, sino como martillo pilón.

No hay comentarios:

Publicar un comentario