martes, 24 de noviembre de 2009

EL LIBRO DE TODOS LOS CUENTOS DEL MUNDO

El año en que pedí a los Reyes Magos un libro, nevó copiosamente y el pozo donde se reflejaba la luna se cegó por completo. Por entonces yo tendría unos cuatro o cinco años a todo tener y aún no conocía bien las letras, pero deseaba ese libro de donde, yo imaginaba, salían todos los cuentos que mi padre me contaba al filo del sueño. Cada noche, cuando él me dejaba tras contarme la historia de dormir, se ponía a leer en su librote de tapas duras y marrones, y yo escondía imaginariamente la nueva aventura en el fondo del pozo en donde la luna llena venía a brillar. Entonces creía que aquellos relatos, por estar escondidos allí, no iban a olvidárseme jamás.
Y amaneciendo el 6 de enero, sobre el brocal lleno de nieve encontré el libro que yo había pedido a los Reyes Magos, pero dentro solamente había una deslavazada historia, en imágenes, de una hormiguita que se quería casar, cuando lo que yo realmente deseaba era el libro de donde mi padre sacaba todas las historias de Pierrot, y Arlequín, y Colombina, y el Gato con Botas, y el Zorro y la Raposa que se comían el cocido de los lugareños que estaban en misa…
Yo, lo que realmente quería, era el libro en donde estaban todos los cuentos del mundo…


De eso hace muchos, muchos años; incluso percibo las imágenes en blanco y negro como las de las películas que vi en la pantalla de un cine de posguerra. Pero el aroma de los libros me ha perseguido con nitidez hasta hoy. Forman parte de mi vida. ¿Atravesarán sus enseñanzas, sus entusiasmos y su diversión los genes que nos distinguen y determinan nuestro perfil final?
Mas tarde yo averigüé que los libros tenían un hogar que se llamaba Biblioteca y me aficioné a ellas. El silencio y la presencia de los anaqueles llenos de libros repletos de historias, me hacían entrar con mucha facilidad en las aventuras que yo leía, y ello me ayudó a abrir ventanas.
Hoy leo en un periódico, que una entidad llamada SGAE promueve la idea de cobrar un canon por cada ejemplar que las Casas de los Libros prestan a los lectores, y me ha dado un escalofrío. Si yo hubiese tenido que pagar ese canon entonces, me habría perdido al León cobarde que viajó con Alicia al país de las maravillas; las aventuras de Jim Hawkins y sus trapisondas para conseguir el tesoro, así como las canciones de los bucaneros sobre la botella de ron y las algarabías de Long John Silver el Largo; los viajes al centro de la tierra o las aventuras de aquellas criaturas imaginarias llamadas Yahoos que Gulliver conoció en un país fabuloso. Y tantos otros…
¿Llegará un momento en que la Cultura sea un bien que se dé con gratuidad a todos los seres de la tierra, por ser Patrimonio de la Humanidad?

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